En realidad se trata de una historia muy simple y muy habitual hoy en día. ¿Alguien tiene una estadística del número de parejas que descubren con el paso del tiempo que son incompatibles? Tal vez venga algún estudio en el INE. No sé, tendría que mirarlo. El caso es que lo nuestro empezó como todas las parejas empiezan: creyendo que éramos la única pareja feliz en el mundo, que éramos el uno para la otra, y que nada ni nadie podría jamás con nosotros. Recuerdo perfectamente lo mucho que me costó declararme a Susana, cómo se sonrojó tan adorablemente cuando le dije que la quería, y cómo se me abrazó fuertemente mientras me susurraba al oído Pensé que nunca me lo dirías. No recuerdo un momento más feliz en todo lo que llevo de vida. Mi abuelo siempre decía que no hay una nube más densa que aquella en la que flotan las parejas de recién enamorados: tan densa y neblinosa que hasta los peores defectos aparecen camuflados como deliciosas excentricidades. El problema es que cuando la nube se pincha, se hace un agujero enorme, y los dos enamorados se estrellan bruscamente contra el suelo. Bienvenidos, amiguitos, al duro mundo de la realidad: ése en el que las parejas eructan sin taparse la boca, o se hurgan en la nariz, o se cortan las uñas de los pies en el comedor. El romanticismo acaba sustituido por el día a día, y aunque para algunos ese cambio en realidad no es tan dramático, para mí fue toda una revelación: la Princesita Susi se transformó en Susana la de Todos los Días. Aunque eso no es lo peor: lo peor es descubrir que tiene un carácter irascible y completamente voluble. Claro que ella podría haber dicho exactamente lo mismo de mí; al fin y al cabo es la odiosa convivencia cotidiana la que te hace descubrir todas y cada una de las facetas de la personalidad de tu media naranja. Y al final te acabas dando cuenta de una cosa: tu fantástica visión de la realidad, aquella en la que tenías a la mejor pareja del mundo y un trabajo original y edificante (aunque no muy bien pagado) se rompe, y te das cuenta de que tu vida es tan mediocre y vulgar como la del resto de los mortales. Siempre he odiado la mediocridad: toda mi vida aspiré a algo más que lo que tuvieron mis padres. Así que ahora comprenderá por qué tuve que acabar con todo aquello de la manera en que lo hice, ¿no? Algo tan expeditivo como dejar el gas abierto en la cocina y una vela (aquel enorme cirio que nos dio el cura el día de nuestra boda) encendida en el comedor. Y antes de que me lo pregunte, señor juez, le diré que sí erré los cálculos: no era en absoluto mi intención matar (ni siquiera, valga la redundancia, intentar matar) a Susana. Yo ya sabía, antes de tomarme el día libre en la oficina, que ella no llegaría a nuestro hogar, dulce hogar hasta muy poco antes de mi supuesta hora de llegada a casa. Ya le he dicho que he llevado una vida de lo más vulgar y predecible, y eso incluye que tu mujer tenga un amante. Lo que no esperaba era que ella decidiera ese día no quedar con su Christopher. Lástima que Susana llegara demasiado pronto como para que se hubiera expandido lo suficiente el gas, y apagara la vela corriendo al notar un leve tufillo a butano. La muy perra ha sido vulgar hasta para eso.